“No sabemos a que hora viene la gasolina”: Una familia y su historia para llenar el tanque del carro


“No sabemos a que hora viene la gandola, pero de que viene, viene”, le aseguró un bombero de la estación de servicio de Macaracuy a Ignacio González. Eran las 10:30 de mañana del jueves cuando el joven ya se sentía cansado, estaba despierto desde las 4 de la mañana, llegó para hacer cola a las 5 a.m, se vino con su familia y para esa hora tenía por delante más de 200 carros.

La noche anterior se sentó con sus papás en la sala, pensaron cual sería la mejor bomba para surtirse, la que tuviera menos carros o la que escucharon que era más rápida. “Mañana saldremos y veremos”, sentenció su papá. Se fueron a dormir muy temprano. Esa noche Ignacio le costó dormir, daba vueltas pensado sobre la universidad, y sobre hace cuanto no lograba quedarse dormido antes de la una de la madruga.

Suena la alarma y su mamá entra al cuarto, le dice que se prepare, que lleve agua. “El desayuno es sándwiches, así ahorramos tiempo”, le explicó. Sin bañarse, se puso ropa, buscó sus lentes de sol y salió por la puerta. Todavía era oscuro, en la radio se escuchaba música tradicional de Venezuela. El estudiante manejaba y bebía café para despertar.

Se dirigió desde la calle Santa Ana hasta Cuarimare, donde su familia había pensado que era más fácil. Ya para esa hora había carros cerca, motos en filas y personas esperando el camión que trasladaba el hidrocarburo. Algunos dormían dentro de sus carros, estaban desde la noche anterior y otros eran vecinos de la zona. “Coño está cola no era así en el paro petrolero”, exclamó el papá de González. Eran las 5 de la mañana y la cola para la bomba de Caurimare empezaba a dos cuadras de la embajada de Cuba en Chuao.

La familia de Ignacio tomó la decisión en ese momento de hacer la cola para echar gasolina en Macaracuy, que para esa hora llegaba a la subida de la Clínica Metropolitana. Salía el sol y habían personas sentadas en sillas, desayunaban y esperaban la llegada de la gasolina.

“Yo me conseguí a un amigo que está desde ayer, me dijo que la gasolina llega a las 7”, comentaba Luis Medina, que inició su espera a las 3 de la mañana.

Ignacio, su mamá y su papá escuchaban radio, tomaban café y se reían de cuentos familiares. Una hora después González decidió dormir un rato en el asiento de atrás. No sabe cuánto tiempo durmió, al despertarse había una laguna de saliva en el asiento. Salió, vio a su papá y le preguntó sobre la gandola, no sabía nada. Ignacio caminó hasta Macaracuay, vio que la estación estaba cerrada y un empleado le aseguró: No sabemos a que hora viene la gandola, pero de que viene, viene.

Después de eso, regresó a Caurimare, en esa estación la cola se movía, despachaba gasolina y había bastante flujo de carros que entraban y salían. “Aquí vendemos en dólares y bolívares”, pregonaba un bombero cuando dispensaba a una moto.

Ignacio volvió con sus papás, ya eran casi las 12:30 de la tarde, no había comido, ni bañado. “Papá y si nos devolvemos a la casa y lo intentamos mañana”, le preguntó a su papá, quien le respondió que era mejor esperar, que tal vez llegaba a las 2 p.m.

En ese momento un camión de gasolina paso por la vía, González afirmó que sintió tranquilidad, se relajó bajo un árbol y espero a que la cola se moviera. Pero seguía bajando el sol y todavía estaban en el mismo lugar que habían estado desde la madrugada. Una hora después la familia no aguantó más y retornó a su casa en El Cafetal.

“Cuando entramos a la casa estuvimos de acuerdo de ir mañana a otra bomba, pararnos más temprano”, contó Ignacio.



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